I
El tema era siempre el mismo: una infelicidad agobiante que parecía una
maldición. Aunque decía no estar a gusto, a veces me hacía dudar. Claramente
uno podría pensar que a nadie le gusta ser infeliz, sería lo
obvio, de manera consciente es una actitud poco favorable. Por empezar
produce un efecto de rechazo en las personas que hay alrededor,
será que existe un mito en el inconsciente colectivo que pregona una suerte de
miedo al “contagio”, de una supuesta patología llamada infelicidad. Entonces la
gente decide, como medio de preservación, alejarse del “enfermo”.
Por otro
lado, la situación del infeliz a gusto genera un círculo vicioso, que no
debe detenerse puesto que dañaría su condición de víctima. Este círculo
es retroalimentado por causas que se originan en el exterior y que
intervienen en el mundo del afectado, como el combustible necesario para
continuar mirando la vida desde el asiento trasero, por no ser vulgar.
Por ejemplo, si los medios de comunicación anuncian inseguridad, todo
resultará peligroso, ir al kiosco, regar las plantas, ayudar a un ciego a
cruzar la calle… Si el Infeliz llegara a enterarse que una persona de su
entorno cercano o no cercano muere de una enfermedad, tendrá tela para cortar
durante un tiempo. Trazará supuesto, analizará hipótesis, se hará de todos los
argumentos precisos para afianzar una creencia de muerte inminente.
Su fuente de
inspiración es la queja, con ella logra reproducir una cadena de lamentos
infinitos de toda clase, desde las dolencias infundadas en el cotidiano –
porque siempre le duele algo- hasta la irremediable mala suerte que tiene por
obra y desgracia del destino. Lo importante es creer lo fundamental: que le
sucede lo peor. Como si una extraña fuerza del más allá lo arrastrara al
sufrimiento in eternun.
El infeliz a
gusto deja de hacer cosas por temor a fracasar, sin entender que el profesar
su dogma ridículo lo insta a tropezar una y otra vez sobre lo
mismo. No acepta ayuda, prefiere el silencio y duerme más que
cualquier mortal para evitar, evitar vivir.
Aquí la cuestión
primordial es su incapacidad para disfrutar. No sabe jugar y se pierde cuando
pareciera decidir salir. Pero no, todo termina resultando ser una falsa
alarma.
La creatividad
del infeliz se ve doblegada por el acecho de su ansiedad, puede concentrarse en
pocas ocasiones y cuando lo logra, aquello que expresa es real y conmovedor,
pero curiosamente al momento de terminar su obra siente que debe seguir
interviniendo compulsivamente. El final del acto artístico dista de ser lo que
en su inicio parecía una idea interesante, para convertirse en una confusión
visible ante cualquier ojo.
II
Hay una cuestión
interesante en el Infeliz, posee una fuente de alimentación central: las
desgracias ajenas. Paso a explicar, no es que se alegre de los
infortunios de los demás, todo lo contrario los toma como propios. Entonces
genera un laberinto mental donde traza posible soluciones a sus supuestos
problemas, imaginando que tiene el poder de resolver lo angustiante de su
realidad.
Pero no,
claramente el Infeliz se equivoca, no es ni el sujeto ni el predicado de la
oración por lo tanto tampoco tiene poder alguno sobre la desdicha del
otro. Cuando se percata suele sentirse cansado, claro comió pensando en el
problema, habló con todos sus pares sobre el mismo, se descargó ridículamente
con su pareja y en las noches soñó consecutivamente con el pesar.
Es que en verdad
todo radica en su profunda adicción al conflicto, no puede dejar de pararse
sobre él y hablar. Siempre habla, no tiene ningún miramiento en decir cualquier
barbaridad, todo lo que pase por su mente sin digerir es transmitido como
verdad con un severo juicio. Tanto es así, que la gente lo acusa de categórico
y exagerado.
Paradójicamente
este proceder no le procura ninguna satisfacción, por el contrario le genera
culpa y una irremediable e ilimitada introspección sobre sus
falencias personales. Entonces empieza, “estuve mal, por qué no
encuentro límite, tanta severidad volverá contra mí, por qué no
puedo ser diferente” y así continúa el látigo. Del cansancio termina por
dormirse, para luego a la mañana rendirle culto a su castigo con algún malestar
físico infundado.
Es clave
entender que mantener una conversación con este tipo de sujetos es perjudicial
para la salud, puesto que nunca se arriba a buen puerto. No habrá
conclusiones positivas en las discusiones y tampoco tendrán fin.
La creencia de
vida del infeliz es que todo le saldrá mal, comúnmente tiene miedo porque sí y
cualquier instancia innovadora le provocará pánico. Aunque la oportunidad sea
excepcional el afectado tenderá a boicotearse a cada paso, tirando por la borda
la posibilidad de progreso, hecho del que será consciente y por el cual se
culpará día tras día.
Como pueden
percibir, este síndrome tramposo que en menor y mayor medida acompaña a todo
ser, tiene un mecanismo de re-producción constante que de no ser desactivado
puede hacer de la vida un castigo permanente.
Como te dije en la primer parte. Todos tenemos un poco del infeliz a gusto. A las personas nos gusta el drama, lamentablemente, el problema es cuando no podemos salir de él. Besos!
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